Evaluaciones en el banquillo: ¿Quién aprendió, el estudiante o la inteligencia artificial? | Columna 15
De tanto en tanto la tecnología nos sorprende con algún invento que desafía a la educación, las formas de enseñar y aprender, así como particularmente las maneras de evaluar conocimientos y desarrollo de competencias, haciendo dudar de si los docentes y estudiantes vivirán o no experiencias de aprendizaje reales, significativas y útiles. La primera mirada puede ser de susto y de inamovilismo, y hasta de rechazo, sin buscar los aportes positivos y cómo "dar vuelta", tendiendo a prohibir y normar.
Alguna vez fue la calculadora, un pequeño artilugio que fue visto por docentes y profesores como una amenaza que impediría que los estudiantes calcularan por su cuenta. La web, de mucho más impacto y que nos revolucionó como sociedad desde mediados de los 90, trajo los navegadores con buscadores y un fácil "copiar y pegar" que han desafíado ya por treinta años a la educación, sobre todo aquella que se desarrolla a distancia.
No terminábamos de resolver la sana y correcta incoporación de las herramientas de la web y todos sus derivados, e irrumpió una inteligencia artificial al alcance de todos y que parece venir a resolver todo "por su cuenta". Hace unos días, reflexionaba sobre el extremo de que docentes "preguntaran" todo con inteligencia artificial y los estudiantes "respondieran" a su turno, solo con inteligencia artificial.
Invito, entonces, a pensar juntos, reflexionar y "dar la vuelta"…
Evaluaciones de aprendizaje
Lo primero que, a mi juicio, tenemos que tener en cuenta es que la evaluación es parte del proceso de aprendizaje y no un (o unos) hito separado del mismo. La evaluación de aprendizajes es un proceso sistemático y continuo de observar, recopilar y analizar información sobre el desempeño y la comprensión de los estudiantes, tal de determinar sus niveles de aprendizaje y dominio de determinados conocimientos y competencias.
Lo que a veces algunos equipos de educación superior olvidan (olvidamos) es que los instrumentos de evaluación son muy variados, como se puede observar en el esquema gráfico a continuación, y tienden (tendemos) a reducir, sobre todo en educación a distancia, a solo unos tres, cuatro o cinco tipos, que son por lo demás los más fáciles de vulnerar cuando se quiere hacer trampa. (Y los tipos de instrumentos pueden ser usados además, bajo distintas metodologías, como basadas en problemas, proyectos, casos, retos o aprendizaje y servicio).
Una mirada alternativa sobre los avances tecnológicos, es verlos desde su potencial y aporte a la educación. Así, la calculadora liberó tiempo de cuentas mecánicas para dedicar tiempo a matemática y aplicaciones más avanzadas. La web, los buscadores y sitios como Wikipedia, en tanto, democratizaron y ampliaron el acceso a la información, permitiendo el desarrollo de nuevas alternativas educativas.
Actualmente, vemos como la inteligencia artificial permite tutoría personalizada, ayuda a los docentes a hacer clases más creativas y a elevar su umbral pedagógico. La propia tecnología de inteligencia artificial que mal usada puede favorecer el fraude -de docentes y de estudiantes-, bien usada puede aportar -y ya lo hace- muchísimo al proceso de enseñanza y aprendizaje, e incluso a controlar la propia aplicación de evaluaciones, levantando alertas de posible trampa.
Habitualmente, y quizás más antes que ahora, los docentes de presencialidad recurren a mecanismos operativos como separar filas, dejar bolsos adelante, presentarse con identificación, no usar celular ni calculadora al enfrentar evaluaciones, principalmente pruebas escritas. Con la educación a distancia, se desarrollaron mecanismos tecnológicos como herramientas de control de autenticidad o antiplagio, así como de proctoring, supervisión o vigilancia.
La visión pedagógica
Pero más que mecanismos operativos y tecnológicos, mi visión es que hay que recurrir ante todo a mecanismos pedagógicos.
Como ya decía, el copy-paste (copiar y pegar) primero y la inteligencia artificial generativa después, han puesto en cuestión la capacidad de (algunas) las evaluaciones tradicionales para demostrar qué han aprendido realmente los estudiantes de educación superior. En consecuencia, el desafío no consiste solo en detectar quién utiliza estas herramientas, sino en repensar qué, cómo y para qué evaluamos. Y el desafío regresa a ser pedagógico y no (solo) tecnológico.
Y la respuesta pedagógica está en la variabilidad en instrumentos y metodologías, diversas formas alternativas, mayor complejidad en los instrumentos y usar la tecnología a favor en el diseño y producción de los instrumentos de evaluación.
En resumen, invito a que tengamos una visión metodológica antes que tecnológica respecto de las evaluaciones de aprendizaje, con a lo menos cinco consideraciones:
- Considerándolas como parte del proceso de aprendizaje y no solo como uno o varios hitos en las que han solido convertirse muchas veces.
- Como un desafío real de que deben evidenciar logros por parte de los estudiantes.
- Lidiar con la actitud humana del fraude, menor a veces, mayor en otras, pero existente.
- Que la varibilidad de opciones pedagógicas para evaluar supera con creces lo que muchas veces se considera.
- Y sí, usar a la tecnología como aporte al aprendizaje, a la evaluación y a su (pero no solo) control.
Y comparto también un gran sueño, que debemos trabajar desde el nivel preescolar en reestablecer relaciones éticas y basadas en la confianza, que permitan tener escenarios íntegros de evaluación, con criterios y metas claras y consensuadas; que no necesitemos tener un control extremo ni una desconfianza en las nuevas tecnologías porque sabemos que no serán mal usadas.
Esta columna se basa en la presentación que hice en un webinar de EDUTIC el 14 de octubre. También está publicada en Linkedin.





Comentarios
Publicar un comentario