Durante mucho tiempo, estudiar carreras significaba adaptarse a un horario, trasladarse a un lugar y esperar que alguien estuviera disponible para enseñar. Pero no todos podían hacerlo. Había quienes trabajaban, vivían lejos de los centros de estudio o simplemente necesitaban aprender algo en otro momento. La posibilidad de acceder a contenidos y aprender cuando uno quisiera para obtener un curso de alto nivel o una carrera técnica o profesional parecía una buena idea, pero llevarla a la práctica era bastante más difícil de lo que hoy podemos imaginar.
En mi trayectoria en educación tuve la oportunidad de participar en distintas experiencias que buscaron adelantarse a ese desafío. Primero, con la educación por Internet y las carreras online en UNIACC; después, en Cpech e INACAP, desarrollando servicios que permitían acceder a clases, ayudantías y recursos educativos sin depender necesariamente de un horario establecido. Recuerdo especialmente el esfuerzo por llevar contenidos y apoyo académico a estudiantes que, por distintas razones, no podían estar siempre presentes. No se trataba simplemente de poner videos o materiales en una plataforma, que ya significó un salto adelante que vino a complementar a los libros y la multimedia de los noventas, sino de pensar cómo acompañar a alguien que estaba aprendiendo en otro momento y, muchas veces, desde otro lugar distante.
Con el tiempo, las tecnologías hicieron que esa posibilidad fuera cada vez más sencilla. Hoy podemos detener una clase, repetir una explicación, consultar un tutorial o profundizar en un tema a cualquier hora. Incluso podemos pedirle a una inteligencia artificial que nos explique algo de otra manera, tantas veces como sea necesario, o preguntarle por explicaciones, o a la inversa, imitar a Sócrates y pedirle que nos guíe en nuestro propio pensamiento crítico o nos ofrezca ejercitación una y otra vez, como hace el Ayudante Virtual de AIEP.
Sin embargo, tener acceso a los contenidos, incluso interactivamente y con inteligencia artificial, no significa necesariamente aprender. El verdadero desafío sigue siendo diseñar experiencias que ayuden a comprender, practicar, resolver dudas, poner en práctica en situaciones símiles a las reales y reales y avanzar. Porque una cosa es tener información disponible y otra muy distinta es contar con las condiciones para transformarla en conocimiento.
Mirando hacia atrás, creo que muchas de las experiencias que impulsamos tenían algo en común: intentar que la educación se adaptara un poco más a las personas y no que las personas tuvieran que adaptarse siempre a la educación. El aprendizaje bajo demanda representa precisamente eso. No es solamente estudiar a cualquier hora ni disponer de una biblioteca infinita de contenidos. Es tener la posibilidad de aprender cuando lo necesitamos, a nuestro ritmo, con guía y de acuerdo con nuestras circunstancias. La tecnología puede hacer mucho por conseguirlo, pero el sentido de todo esto sigue estando en la pedagogía y el diseño de experiencias de aprendizaje centradas en las personas y en lo que realmente logran aprender.
La siguiente estación del aprendizaje bajo demanda: la personalización del aprendizaje. Hoy, la inteligencia artificial nos ofrece opciones para hacerlo en total masividad. Pero esa, esa es otra conversación.

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