A comienzos de los 2000, mientras la educación a distancia sobre Internet comenzaba una ruta que la llevaría a la consolidación, algunos ya intentaban llevar la sala de clases al computador en tiempo real. Recuerdo iniciativas como la de La Salle, que dictaban postgrado buscando conectar profesores y estudiantes simultáneamente -de hecho, yo me había entusiasmado con seguir un programa de ellos-, aunque las diferencias de husos horarios y las limitaciones del ancho de banda hacían difícil sostener la experiencia. La tecnología prometía cercanía, pero todavía no siempre podía garantizarla.
La educación a distancia por Internet encontró su primera normalidad en la asincronía: contenidos disponibles, actividades que cada estudiante realizaba a su ritmo y comunicaciones que no exigían estar conectados al mismo tiempo. Sin embargo, y entendiendo que la asincrónía ofrece alta flexibilidad, algunos seguimos pensando que había experiencias educativas en las que valía la pena encontrarse en vivo.
En 2008 llegué a Preuniversitarios Cpech y, en un tiempo récord, pusimos en marcha el Producto Focalizado: sesiones ilimitadas y a demanda de conferencia web con profesores de Matemática y de Lenguaje y Comunicación. Los estudiantes podían solicitar ayudantías en vivo, desde donde estuvieran, y conversar con sus profesores sin tener que esperar a la siguiente clase presencial. La experiencia nos animó a dar un paso más ambicioso: desarrollar Cpech Online, un preuniversitario completamente sincrónico, con clases en vivo que permitían a jóvenes de lugares alejados prepararse para la PSU con una propuesta académica comparable a la de quienes asistían a nuestras sedes. No se trataba simplemente de poner una cámara frente a un profesor, sino de diseñar un servicio educativo completo alrededor de una tecnología que todavía estaba lejos de funcionar igual para todos.
De aquellos años recuerdo una pregunta que me hizo un estudiante del norte: "Cuando llueve, ¿hacen clases?". Mi respuesta fue inmediata: por supuesto. Solo después entendí lo que me estaba preguntando. Vivía en la cordillera y debía bajar hasta un poblado para conectarse desde un cibercafé; cuando llovía, una quebrada crecía, cortaba el camino y le impedía llegar. En Antuco, en el sur, bastaba que el viento moviera la antena que conectaba el colegio a Internet para que los estudiantes desaparecieran de la clase y tuviéramos que recuperarla. También conocí a una estudiante cuya conexión funcionaba perfectamente en la casa de su pololo, pero no en la suya, a apenas una cuadra de distancia. Esas experiencias me enseñaron que la innovación no consiste solo en hacer funcionar una tecnología: exige comprender la vida real de quienes la necesitan. La conexión podía ser sincrónica; las condiciones para participar, lamentablemente, no siempre lo permitían.
Más adelante, en INACAP, volvimos a explorar esa posibilidad mediante sesiones de ayudantía en vivo y a demanda de Matemática y Química. La idea de fondo seguía siendo la misma: ofrecer apoyo cuando el estudiante lo necesitara, con interacción directa y sin que la distancia fuera necesariamente una barrera.
Después llegó 2020 y, casi de un día para otro, aquello que durante años había sido una apuesta adelantada se convirtió en la solución a la que recurrieron instituciones, docentes y estudiantes de todo el mundo. Lo hicimos también en AIEP. No diría que teníamos todas las respuestas: conocíamos bien las dificultades técnicas, las brechas de acceso y los desafíos pedagógicos. Pero sí habíamos aprendido algo importante antes de que la educación sincrónica se volviera normal: la tecnología permite abrir posibilidades, aunque el verdadero trabajo consiste en convertirlas en experiencias educativas que respondan a las necesidades de las personas.

Comentarios
Publicar un comentario