Cuando era niño, leyendo revistas de historietas, me llamaban particularmente la atención las publicidades de cursos por correspondencia. Había dos que recuerdo especialmente: uno que enseñaba a hacer cómics y otro que prometía enseñar a «sacar músculos» para llegar a ser como Charles Atlas. Nunca seguí ninguno de los dos. El resultado está a la vista: sigo flaco y todavía no sé dibujar. Pero aquellas publicidades tenían algo que, visto desde hoy, resulta interesante: prometían aprender algo, desarrollar una habilidad o adquirir conocimientos sin necesidad de asistir a una sala de clases. Era otra época, otros medios y otras posibilidades, pero la idea de llevar la educación hasta donde estaba cada persona ya estaba presente.
Un par de décadas después, me tocaría participar en una transformación que llevaría esa idea mucho más lejos. Cuando comenzamos a explorar la educación a distancia sobre Internet, muchas de las condiciones que hoy damos por sentadas sencillamente no existían. Las conexiones eran lentas, los computadores tenían capacidades limitadas, las plataformas educativas estaban en pañales y buena parte de los contenidos disponibles en la red eran apenas versiones digitalizadas de materiales concebidos para el papel o la sala de clases. Había que imaginar cómo enseñar, cómo aprender, cómo interactuar y cómo acompañar a un estudiante que podía estar a cientos o miles de kilómetros de distancia. No bastaba con poner contenidos en una página web y esperar que ocurriera el aprendizaje. Pero... ¡la promesa existía y había que desarrollarla!
Tuve la oportunidad de ser parte del equipo que creó e implementó la primera carrera online de UNIACC y que entiendo fue la primera en Chile, una experiencia pionera que nos obligó a cuestionar muchas de las convenciones de la educación superior. Después vendrían otros desafíos, como ofrecer servicios educativos masivos, sincrónicos y a demanda en Cpech e INACAP, explorando distintas maneras de acercar oportunidades de aprendizaje a públicos cada vez más amplios. Fueron años de experimentar, diseñar, producir, implementar y, sobre todo, aprender haciendo. En cada proyecto había que combinar tecnología, pedagogía y gestión, pero también convencer a instituciones, docentes y estudiantes de que aprender no dependía necesariamente de compartir un espacio físico ni de coincidir en un mismo horario.
En ese camino hubo entusiasmo, errores y bastante escepticismo. Más de alguna vez escuchamos (lamentablemente todavía hoy) que una carrera no podía impartirse por Internet, que determinadas competencias solo podían desarrollarse presencialmente o que un título obtenido a distancia tendría necesariamente menos valor. Algunas objeciones tenían fundamentos y obligaban a mejorar las propuestas; otras respondían, simplemente, a la dificultad de imaginar algo distinto. Con el tiempo, muchas de aquellas limitaciones que parecían insalvables terminaron convirtiéndose en oportunidades para innovar. Aprendimos que la distancia física no tenía por qué significar distancia pedagógica y que la calidad de una experiencia educativa dependía mucho más de su diseño que del lugar donde ocurría.
Después llegaron mejores conexiones, dispositivos más accesibles, plataformas más sofisticadas y mucho mejores videoconferencias sobre web. La educación digital dejó de ser una rareza para convertirse en una alternativa cada vez más habitual.
Para algunos que no lo venían trabajando desde antes, la pandemia aceleró de golpe una transformación que llevaba años desarrollándose. Millones de personas e instituciones descubrieron que la educación podía continuar a través de Internet, aunque también quedó en evidencia que disponer de tecnología no era suficiente. Trasladar una clase presencial a una videoconferencia no significaba necesariamente innovar, del mismo modo que digitalizar un libro no equivalía a diseñar una experiencia de aprendizaje.
En mi trayectoria también hubo espacio para seguir anticipando cambios: en AIEP incorporamos tempranamente inteligencia artificial a los procesos educativos, abriendo nuevas posibilidades y, al mismo tiempo, nuevas preguntas sobre cómo aprovechar estas tecnologías. Justamente, hoy estamos frente a otra transformación de dimensiones comparables, quizás incluso mayores: la inteligencia artificial generativa. Nuevamente aparecen preguntas sobre el futuro de la educación, el papel de los docentes, las competencias que debemos desarrollar y la manera en que evaluamos los aprendizajes. También vuelven los temores, las resistencias y las predicciones sobre lo que será imposible hacer. La historia de la educación por Internet debería servirnos de recordatorio: no se trata de defender cada nueva tecnología por el solo hecho de ser nueva, ni de resistirse a ella porque desafía nuestras prácticas. Se trata de comprender qué posibilidades abre y cómo ponerlas al servicio de las personas, de la pedagogía y de las inteligencias humanas.
Hace más de veinte años, estudiar por Internet parecía imposible para muchos. Hoy resulta difícil imaginar la educación sin alguna forma de interacción digital. Quizás dentro de otros veinte años -o mucho menos- miremos nuestras actuales discusiones sobre inteligencia artificial con la misma perspectiva.
En estos 26 años de trayectoria he tenido la oportunidad de participar en distintas etapas de esa transformación, desde los primeros esfuerzos por hacer posible la educación online hasta la incorporación de tecnologías que hoy están cambiando nuestra manera de enseñar y aprender. Las herramientas cambian, las posibilidades se multiplican, pero hay algo que permanece: el desafío de aprender y de enseñar mejor. Porque la innovación educativa no consiste en incorporar tecnología a cualquier costo, sino en atreverse a imaginar nuevas formas de hacer posible aquello que antes parecía imposible.
¿Y tú? ¿Te atreves?

Comentarios
Publicar un comentario